En esta ocasión mostramos un antiguo tresillo, de aspecto valiente y corte elegante. Así llegó, trabajado aún a la vieja usanza, con todas las piezas cosidas a mano, clavado a gabarrotes, perfilado con tachas, con sus indestructibles muelles helicoidales en el asiento y los brazos, y rellenos de arpillera y crin.
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Las patas también necesitaban un nuevo traje.
Hicimos tratamiento para la carcoma, lijado, tintado, barnizado...lo típico.
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Los asientos se cosen a mano para que al sentarse, cuando bajen los muelles, le acompañe la tela.
La tela es una delicia 100% algodón de Tapicerías Gancedo. Con un dibujo con relieve, como un gofrado. Y en un crudo que la hace más natural, más fresca, más liviana.
-¿Te he dicho que eres una preciosidad?-le susurré. Ella calló, y se arrugó coquetamente, ruborizada... -Eres como una nube...una nube de algodón...
Hola a tod@s. En esta ocasión les quiero mostrar una pareja de sillas de estilo isabelino que el cliente había pintado en plata ¡tachas incluídas!
Nos trajo un par de pieles negras con un grabado plateado. Era una piel fina y reseca que se desgarraba con facilidad. No sabría decir, quizás era cabra o cordero.
Y las tapizamos con tachas cromadas.
Cierto es que al diseño de este tipo de sillas, isabelinas y sus variantes les sienta fantásticamente una chispa de atrevimiento para darle un toque moderno, ya sea con colores llamativos tanto para la madera como para el tejido, como la sobriedad y elegancia minimalista con un aire futurista, como en este caso. Es un mueble fantástico que sobrevive a épocas y estilos, que se deja querer en todos los ambientes, con la capacidad de reinventarse y que siempre causa asombro en el observador con su contorno de curvas infinitas.
Por cierto, haciendo el post, estas abuelas tan modernas me han recordado esas sillas centenarias, que tantas historias parecían susurrarnos, y que pueden conocer aquí.
Hola a tod@s. Hoy les muestro una pareja de sillas que empiezan a oler a añejo, desafiando al paso del tiempo con cierta soltura, desde su humilde rincón, sabiéndose lóngevas siempre que los herederos de sus constructores les hagan una puesta a punto cada cierto tiempo.
Así los tapiceros, como los cirujanos en las personas regeneramos sus órganos vitales y les cambiamos la piel, y junto a los traumatólogos, a los ebanistas y los barnizadores, a los restauradores de muebles creamos una especie de fuente de la juventud eterna que si no es infinita, sí puede alargar su esperanza de vida varias generaciones humanas.
El cliente nombró varias veces la palabra vintage, que cada día tengo más presente, mientras ojeaba telas... Le presté unos cuantos muestrarios a su elección, con la esperanza de ver a estas maduritas a todo color.
No fue así, y las muestras volvieron al taller para seguir escondiendo su colorido en los estantes, mostrándose tímidamente en las perchas, esperando tener una nueva oportunidad en Primavera.
Ellas se fueron satisfechas, contentas con su nuevo traje. Yo me limité a hacer mi trabajo lo mejor que pude, como siempre, pero mi anhelo colorista me dejó con una sensación amarga.
Quizás es que el invierno es muy largo, y uno ya tiene carencia de la vitamina del color.
¿Es el enemigo?
¡Que se ponga!
Que no puede ponerse... que está ocupado...
Bueno pues dígale que ya podemos seguir la guerra, que ya hemos desatrancao la cabeza del sargento de la boca del cañón.
Sí.
Bueno entera no, las orejas se han quedado dentro y no las podemos sacar. Hemos pensado que disparando salen, fijo.
Pues ya no oía mucho , el hombre. Así que no se le ve muy afectado.
Sí. Jua jua jua...
Si acaso nos las envían cuando lleguen ¿eh? Sí. Y la bala también, que es nuestra.. muy bien.. muy amable señorita telefonera...
Ah, que no es telefonera...que es telefonista...ya...
Que la telefonera es un mueble para hablar por teléfono... que puede ser un sofá. Hombre pues uno de esos a mí no me iría mal...porque soy el único tonto que está aquí de pie...claro ahora entiendo porque se ríen todos constantemente...
Esto podría haber dicho el gran Gila al descubrir tan curioso mueble. Yo lo desconocía hasta hace unos años cuando cayó uno en mis manos, y hubo que tapizarlo a rayas. Aún conservo una foto, aunque le faltan los cajones, que los dejé en la casa por comodidad.
Aunque su valor práctico ya no tiene sentido con la invasión celular, siguen siendo piezas con encanto y un aire romántico. Nos recuerdan que hubo un día en que los teléfonos no se movían, que precisaban de un listín escrito adjunto, que había que trazar un círculo con el dedo en cada número, y esperar a que la rueda volviera a su posición. Todo con un tempo que había que respetar. Y ese sonido tan peculiar. No existían las llamadas perdidas ni los contestadores y siempre sufríamos la incertidumbre de no saber a quien encontraríamos al otro lado del hilo.
Así que el sofá telefonera sucumbió al cambiar de los tiempos y a esta locura de las ondas, que entre telefonía y wifi bombardean nuestros cuerpos. Y esos gremlins cenados y bañados que viven en nuestras mejillas y duermen en nuestros bolsillos. Que nos permiten hablar con personas que no nos ofrecen toda su atención, así como nosotros aprovechamos para limarnos las uñas, hacer la cena o navegar por la red. Y le llamamos comunicación. Esos golosos gremlins que nos permiten hacer el ridículo en el tren sustituyendo el hilo musical por una exhibición de mal gusto y peor criterio auditivo, mientras ponemos cara de zombie y nos preguntamos porque nos mira todo el mundo.
Con su hablar insolente intentan siempre abortar una conversación interesante, un momento especial, detener un coche o sacarnos de la piscina. Y nos apresuramos en atenderlo, como si después del politono no hubiera vida.
Y ya que me he atrevido a emular al maestro del humor, les dejo con un vídeo para que se echen unas risillas, que falta nos hace...
-Ay, tengo que dejarles, que me están llamando... un salud...TUTU TUTU TUTU
Hola. Ya me disculparán el populismo del título, pero esta pieza de principios de siglo como mínimo fue contemporánea a Sigmund Freud. Y quien sabe si testigo de alguna experimentación del psicoanálisis. Su actual dueña se dedica a la psicología, aunque ella es portuguesa. Así que parece que los primeros indicios no apuntan hacia mi teoría.
Aunque si así fuera no le quitaría ni un ápice de elegancia ni belleza a este mueble, que dignificó el taller por unos días.
Al destapizarla descubrí la madera, y me recordó a esas sillas centenarias. Y pensé: Esto tiene más años que el chupete de la abuela. Ya veremos que nos encontramos...
Encolamos las patas y las maderas interiores rotas, y le aplicamos reparador al barnizado. Esto simplemente es un detalle, como cuando llevas el coche al mecánico y te lo devuelve aspirado.
Como me temía la arpillera estaba rota, deshecha, y quedaba muy poco para que la crin empezara a caer, muelles abajo. De hecho ya estaba ocurriendo. El atado superior necesitaba unos arreglos.
No había más remedio que intervenir, con una operación a muelle abierto.
Se cinchó con yute con su consecuente atado de muelles y se sustituyeron las cuerdas rotas o en mal estado.
El respaldo hubo que reconstruirlo entero.
Sobre la nueva arpillera se vuelve a colocar la coca, se ata el burlete, y abrimos la crin para que vuelva a quedar esponjosa.
En los acabados cambiamos el galón por un vivo, y la costura en la esquina por unos pliegues de corbata, que a mi entender le dan un valor añadido, un toque de distinción, como un detalle elegante que la hace más encantadora, si cabe.
Y tras regresarla a casa, la volvimos a colocar sobre el suelo blanco. María se sentó.
-¡Madre mía, qué diferencia!-espetó mientras rebotaba una y otra vez sobre los muelles recuperados.
-Y pensar que los querías cambiar por espuma...
-Tras exhalar aire con un ademán de alivio, ella sonrió....
Esta simpática orejona es la matriarca de esta familia compuesta de un tresillo y seis sillas (adoptadas, como podrán observar). Bien podríamos bautizarla como butaca Dumbo, aunque sus orejas también recuerdan a la copa de la Champions League.
Una vez más agradecemos al cliente la elección de una tela que gusta de trabajar, que se contempla y admira mientras se le da forma. Analizándola, como si fueran las pinceladas de un cuadro.
La espuma estaba ya en el estado en que se deshace. Es curioso ver como el polieter pierde su volumen original y queda reducido a un montoncito de polvo. Literalmente, desaparece.
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Los detalles son los que nos distinguen a las personas. Los que nos hacen singulares. Lo mismo le ocurre a los muebles. Observarlos de cerca nos ayuda a comprenderlos, a conocerlos...
...entonces dejamos de ver el conjunto para encontrar una percepción distinta
y podemos ver cosas que antes nos pasaron por alto...
...como un cielo estrellado grabado en la madera...
... o el hermoso trenzado del galón de pasamanería...
Así quedaron terminadas, tanto las sillas adoptadas...
...como el tresillo de la orejona.
Y por fin las subimos a la "lechera", para devolverlas a casa. Con una nueva sonrisa.